lunes, 25 de junio de 2007

LUCHO DUSSAULT, O LA IMPRO COMO FORMA DE VIDA.

Borja Cortés (Madrid)

En Enero del 2004, en México D.F, la Liga de Improvisación Madrileña fue invitada como representante de España en el “Primer Mundial de Improvisación en Español”. La experiencia y el intercambio artístico que allí se produjo fue algo extraordinario, y daría para unos cuantos artículos y reflexiones muy interesantes por parte de los que allí estuvimos. Pero hubo algo de lo que sólo yo pude disfrutar, un privilegio que me ofreció el azar y que ahora, al tener la oportunidad de escribir sobre Improvisación Teatral en una revista, me siento en el deber de compartir con todos aquellos interesados en este campo.
Acabado el partido Argentina-España, un Match de Improvisación (1) vibrante y de mucha calidad, el señor calvo y con barba que nos abría por las mañanas la sala de ensayo anexa al Teatro Helénico, dónde se celebraban los espectáculos del Mundial, se acercó a mí felicitándome por el juego del equipo y por el mío en particular. “Ustedes de verdad que se arriesgan, felicitaciones. Y sobre todo usted, en serio que es un improvisador con agallas” Me quedé bastante sorprendido, ya que era la primera vez que este hombre nos dirigía la palabra. Cuando por las mañanas le dábamos los buenos días, emitía un escuetísimo gruñido a modo de respuesta. Había ya cachondeo y todo tipo de chistes entre improvisadores sobre el “sordomudito” o el “perturbado del Helénico”, que aparecería cualquier noche en nuestro hotel con hacha en mano. Tal era su aspecto siniestro y su actitud hosca. Cuando les dije a mis compañeros de su comentario, pensaron que les tomaba el pelo. La anécdota fue también motivo de chascarrillos.
Dos días después, tras nuestra representación de “Chup Suey”, el espectáculo de Improvisación Teatral de formato no deportivo que mostrábamos en México, volví apresurado al teatro a las doce y cuarto de la noche, con la esperanza de que no hubieran cerrado todavía y pudiera recuperar mi cartera, olvidada en el camerino. Por fortuna, el teatro estaba aún abierto. Segundos antes de entrar, oí en el interior una voz muy grave dando grandes voces. Algún acto violento, quizás un robo, estaba ocurriendo allí dentro. Me entró bastante miedo. Miré con cautela por el hueco que dejaba la puerta entreabierta y lo que vi fue al “sordomudito” en el centro del escenario gritando frases amenazantes con un arma imaginaria entre los brazos. Pensé que estaba loco. Continué mirando. Enseguida cambió sorprendentemente de lugar y de postura corporal, y con una voz temblorosa y débil, se convirtió en una anciana señora que imploraba piedad. Volvió de nuevo al personaje amenazante y disparó a la señora. Seguidamente, consiguió crear, él solo, en cuestión de segundos y de modo admirable, 8 o 9 personajes distintos que corrían despavoridos , pidiendo auxilio mientras el hombre del arma disparaba, gritando que daría a todos su merecido. Se me quedó grabada aquella escena. Era increíble como el solo llenaba el escenario y conseguía, cambiando a gran velocidad de un personaje a otro, crear una sensación de muchedumbre en pánico. La escena terminaba con el asesino paseando entre los cadáveres y hablando sobre la justicia divina mientras miraba al cielo. Cuándo terminó la escena vi que se acercaba a proscenio, y del montón de papeles con títulos que no habían sido seleccionados para “Chup Suey” (2) y que aún seguían allí en una urna, sacó uno al azar y lo leyó en alto: “El pescador”. La improvisación que realizó a continuación, mucho más pausada, me impactó igualmente. Se trataba de la vida de un pescador que había recorrido todos los ríos del mundo buscando a su hijo, a quien una bruja convirtió en pez nada más nacer. El mismo pescador narraba la historia ante un público inexistente, y mediante flash backs nos llevaba a los momentos más interesantes de su vida y sus pesares. Me quedé allí, agazapado y completamente boquiabierto con lo que estaba viendo. Nunca había pensado que se pudiera llegar a tal calidad teatral y a tal intensidad dramática con la Improvisación Teatral. A la siguiente, no me pude resistir. El título que leyó decía “No lo sé”. Cuándo el profesor de matemáticas al que comenzó a dar vida dijo “José Luis, al pizarrón” y ya se disponía a cambiar de personaje, aparecí corriendo como un rayo, gritando por entre las butacas del teatro “Si, señor maestro”. La mirada de asombro y de susto le duró apenas unos segundos. Inmediatamente aceptó mi propuesta e hicimos una larga improvisación sobre la relación de un hijo con su padre que era a la vez su profesor en la escuela. Así continuamos durante horas. Perdí absolutamente la noción del tiempo, e incluso la del espacio. Nunca he sentido tanto placer actuando, ni tanta sensación de fluidez ni tanta seguridad de estar haciendo arte y teatro del bueno.. Me resultaba muy fácil improvisar con él. Aportaba siempre el acontecimiento justo en el momento preciso, creaba unos personajes riquísimos y sus propuestas eran siempre inteligentes, justas y generosas.
Así pasamos las tres siguientes noches, improvisando y charlando. Me contó su pasado como actor y como improvisador en Canadá, lo que la Impro (3) había significado en su vida, y un montón de anécdotas fascinantes. La casualidad, el destino, “ o quien sabe que pinche ser divino”, había querido que mucho tiempo después, la improvisación se cruzara en su camino, y el mundial viniera precisamente a celebrarse en el sitio en el que ahora trabajaba él como portero Al ver los espectáculos, sintió de nuevo una enorme necesidad de improvisar. Por eso pasaba allí las noches desde que comenzó el mundial, “desoxidándome”. Él también estaba encantado de improvisar conmigo. Hacíamos un dúo muy bueno. Me pidió que no dijera nada y que no se me ocurriera traer a nadie ninguna noche: la Impro había acabado para él hacía años, no quería que se enterasen de su condición de ex-actor, y quería evitar a toda costa que nadie le tentase con volver a improvisar. “Diría que sí. Hace mucho olvidé como decir no. Y mi etapa como improvisador está ya bajo tierra, no quiero sacarla más”
Me contó que por entonces ocupaba casi todas sus horas en escribir. Estaba trabajando en una inmensa obra autobiográfica. La última noche que nos vimos, le encontré bastante apagado y desanimado. Me dijo que había caído en la cuenta de que lo que estaba haciendo no era más que una “gran pendejada” . Las autobiografías no eran más que tergiversaciones de lo que pasó en realidad, y no tenía ningún sentido reproducir. Las reproducciones eran siempre falsas. “Es como intentar repetir una improvisación” De repente le parecía completamente absurda su tarea de los últimos años. Las cosas tenían su momento y su lugar, y era un sinsentido intentar revivirlas, plasmarlas, querer dejar constancia. Él, que había sido toda su vida un defensor de lo efímero y lo fugaz, del arte de la improvisación, que nace para morir y desaparecer poco después, sentía que se había traicionado a sí mismo con su intención de escribir y publicar sus memorias. Aquella noche quería irse pronto a casa, así que se despidió de mí sin grandes sentimentalismos. Antes le pedí leer su obra. Se resistió en un principio, pero descubrí que en el fondo estaba deseando que alguien la leyera, que por lo menos hubiera un testigo de esa creación de la que renegaba ahora. Entendí que su malestar se debía a la traición de unos ideales o una ética, pero con todo y con eso, él mismo sabía que su escrito era bueno, y necesitaba, al menos, un lector. Y así conseguí traerme para Madrid setecientas cuarenta y tres hojas escritas a máquina. Su infancia, sus padres, su profesión, la Improvisación Teatral, sus amores, su familia, su sentido del humor, sus viajes, sus ídolos, Canadá, México...... Me impactó y me interesó muchísimo su peculiar vida.
De todo ese grueso, extraigo a continuación algunas líneas especialmente relacionadas con su íntima y fructuosa relación con la Impro. Utilizo únicamente mis intervenciones para hilar y hacer síntesis. Las notas son también aclaraciones mías. Gran parte del encanto de su obra consiste en su caótica estructura. El orden en el que plasmaré aquí estos fragmentos no se corresponde con el orden de la obra, sino con mi interés en estructurar el artículo de la forma que creo más conveniente.
Su padre era canadiense y su madre mexicana. Cuando decidió dejar atrás la actuación y, sobre todo, dejar atrás la Improvisación Teatral, supo cual era el camino:
Tenía que abandonar Canadá, eso estaba claro. Sentía la profunda necesidad de romper con todo. Darme cuenta de que, inevitablemente y a mi pesar, después de tantos años improvisando, me repetía, fue algo muy doloroso. Todas las situaciones, los personajes, las historias... me remitían a improvisaciones pasadas. Tenía que ser coherente conmigo mismo y con la ética que tanto había defendido. Era el momento de abandonar, de decir adiós a aquello que había sido casi mi religión durante tantos años”. De esta forma, como única forma de pasar página, dejó la Canadá en la que siempre había vivido y actuado, e inició nueva vida en México. Un México que hasta entonces no era más que “un recuerdo lejano de unas vacaciones antes del accidente de mi mamá, con una ciudad atestada que era toda ella un mercado, y dónde en cada esquina vendían unas bolas rojas que nunca quise probar a pesar que mi mamá insistía”. Fue en esa Ciudad de México, 15 años después de su llegada para quedarse, dónde tuve la suerte de conocerle, y dónde pude disfrutar del inmenso lujo de improvisar con él.
La mayor parte de la gente con quien se cruzaba a diario no sabían su nombre. Lucho era callado, discreto y serio hasta el extremo. Para los técnicos y actores que frecuentaban el Teatro Helénico, solo era el hombre que abre y cierra el teatro, el que te dice dónde puedes encontrar una tela para aforar o a quien acudir cuando se funde la luz del baño. Este era Lucho Michele Dussault Medina, el portero y encargado de mantenimiento del Helénico. “Me inscribí en cuanto llegué a México en una agencia de búsqueda de empleo. Cualquier cosa. El teatro había acabado para mí. Disfrutaba con el cosquilleo y con el vértigo que me provocaba comenzar una vida nueva, un nuevo país, un nuevo empleo...era similar al cosquilleo nervioso que sentía en mis primeros años de improvisador, en los instantes antes de improvisar delante del público. Ese no saber nada casi orgásmico. Y la primera llamada (si no quieres frijoles, ahí van dos cucharadas): tenemos un empleo para usted señor Dussault. Apunte. Teatro Helénico. Avda Revolución 1500. La primera respuesta de mi mente fue no. No, no, de ninguna manera voy a ser el conserje de un teatro. Décimas de segundo después, me encontraba aceptando y preguntando por la fecha de comienzo. El “sí a huevo” traicionándome una vez más. Esa maldita y fascinante regla de la improvisación por la cual has de aceptar siempre las propuestas que te llegan, me ha jugado ya muchas chingaderas en la vida. Pero no me arrepiento: también me ha empujado hacia lugares fascinantes.” Cómo esta, me contó otras muchas anécdotas increíbles. Era un auténtico obseso, un maníaco de la improvisación. La Improvisación Teatral y sus técnicas habían calado tanto en él que se habían convertido en un código inquebrantable que no solo regía su trabajo teatral, sino toda su vida. “ Cómo San Pablo, yo tuve mi propia caída del caballo el día que descubrí la improvisación. Por aquel entonces, yo andaba sumido en una crisis importante, en un laberinto del que no era capaz de salir. La profesión de actor empezaba a aburrirme hasta el cansancio, pero no sabía hacer otra cosa. Por suerte o por desgracia, desde que pude memorizar unas líneas, mi padre, Ben Dussault, un titán en el panorama teatral de Canadá , me había colocado en cuanta obra de teatro necesitaba de la aparición de un niño. Nunca tuve demasiado talento, pero cumplía con eficiencia, cosa que agradaba enormemente a los directores, casi siempre más ocupados en coreografíar y hacer una atractiva puesta en escena que en lograr de los actores una buena interpretación. Así pasó mi infancia y mi primera juventud, de obra en obra, de teatro en teatro, de director en director. Un día empecé a preguntarme ¿por qué?¿para qué? ¿quiero? ¿me gusta? ¿ elegí yo esto?. Comencé a sentirme completamente asqueado cada vez que llegaba al camerino del “Théatre du Chevau Rouge”, dónde me encontraba entonces trabajando en “Le divorce de Mme Larmaloeil”, un vomitivo vodevil que llenaba cada noche. En ese estado de crisis me encontraba cuando una tarde, Jan Marc Lavergne, con quien había coincidido y hecho gran amistad en la gira con “Rhinocéros”, me invitó a ver un espectáculo en el que estaba trabajando. “Se trata de un Match de Improvisación. Mejor no te cuento. Ven y sorpréndete. Es algo diferente”, recuerdo que me dijo cuando le pregunté sobre lo que me invitaba a ver. Y vaya si me sorprendí. Lo que vi aquella noche en la “Salle de Théâtre Experimental” de Montreal no se me olvidará nunca.¡ Eso era lo que yo quería hacer!, un teatro vivo, fresco, original, arriesgado. Aquellos actores eran capaces de crear, a partir de los títulos que daba un árbitro y con apenas unos segundos para ponerse de acuerdo, escenas e historias que llegaban a la gente. El público reía de corazón, y participaba junto a los actores de ese salto al vacio que es la Improvisación. Volví a la semana siguiente, con la ilusión de volverme a reír con ganas y con la morbosa curiosidad de comprobar hasta que punto aquello era improvisado. El match que vi fue muy distinto al de la semana anterior, y no solo reí. Una improvisación del equipo verde sobre un escritor exiliado y la correspondencia que mantiene con su mujer, protagonizada por Guylaine Tremblay y Robert Lepage, me conmovió de tal manera que tuve que tragarme las lágrimas. Las posibilidades de aquello eran infinitas.¡Sentí tantas ganas de lanzarme a la patinoire (4) a improvisar yo también! Quería participar más aun de aquella fiesta, disfrutar con ellos, formar parte. Me daban muchísima envidia. Actores con imaginación, libres, completamente dueños de sus interpretaciones, de sus decisiones, absolutamente responsables de todo el acto creativo. ¡Y yo era solo una marioneta al servicio del director de turno!. Al dia siguiente no acudí al “Chevau Rouge”. No estaba dispuesto a pasar un día más en aquella sala recargada que apestaba a naftalina. Esto me costó un juicio y una multa considerable, pero hubiera sido más capaz de comerme un nopal, con espinas y todo, antes que volver a ser cómplice en aquella basura.. Dos semanas después me encontraba tomando un curso con Yvone Leduc, uno de los creadores del Match de Improvisación, y dos meses más tarde, haciendo las pruebas para entrar a formar parte de algún equipo de de la L.N.I.(5) Debuté la temporada siguiente, la 78-79, como jugador del equipo amarillo de la Segunda División. A mediados del mes de Febrero, recibí la llamada de Yvone; Jean-Jacqui Boutet se iba a trabajar a París y dejaba una vacante en el equipo verde de la Primera División. Yvone quería que yo la ocupara. El 3 de Marzo, en el “Atelier Continu”, ante 275 espectadores, debutaba en la División de Honor. Nunca he sentido tantos nervios como aquel día. Me encontraba en tal estado de excitación, que cuando terminó el partido apenas podía recordar las improvisaciones, tan sólo imágenes, frases, retazos sueltos de improvisación que me hacían eco en la cabeza mezclados con los aplausos, risas y zapatillazos (6). Recibí la medalla al mejor jugador del partido, y al final de la temporada, la copa al improvisador revelación.
Fue la etapa más feliz de mi vida. A mis 31 años comencé a descubrir no solo el placer del teatro, sino también el placer de la vida. Hasta entonces yo no era solamente un actor gris, era también un tipo gris, un hombre de costumbres, arrastrado por la inercia. Un autómata. Cierto es que gozaba de cierto prestigio, y de la simpatía de mucha gente. Cierto que frecuentaba personas y lugares aparentemente interesantes; no me perdía exposición de pintura alguna ni concierto de jazz que hubiera en Montreal, siempre que no tuviera función. Pero un autómata. Hasta esas cosas, las que supuestamente me gustaban, las que años atrás me entusiasmaban, estaban entonces huecas, vacías, formando parte de un manojo de hábitos que se sucedían en mi vida de una manera completamente absurda, insustancial de tan previsible. La Impro me abrió los ojos (........) En el teatro, en la vida, hay que arriesgar, perderse, meterse en problemas, adentrarse en lugares inciertos. Me hice adicto a la sorpresa, a lo nuevo, a lo fugaz. Ya no podía soportar la repetición bajo ningún concepto. Había entrado en una vorágine artística y vital que me hacía aborrecer toda mi mediocridad pasada y toda la que veía a mi alrededor. Me convertí, lo reconozco, en un tipo excéntrico, que me dejaba llevar por los impulsos que acudían a mi mente y a mi cuerpo en cada momento de mi vida (.........) Los primeros años, la Improvisación no me daba para comer. Me negaba a trabajar en nada relacionado con la actuación que no fuera Impro, así que me coloqué de cocinero en “Panchito”. El que fuera buen amigo de mi madre, Pancho López, regentaba este restaurante mexicano en las afueras de Montreal. Pancho sabía de mi afición a la cocina desde chamaquito. Yo les había invitado a él y a su mujer en alguna ocasión a cenar a casa, y siempre habían alabado mis platos, los platos que me enseñó a hacer mamá. Así que cuando le hablé de mi situación, me ofreció entrar a trabajar en su negocio. No acabé muy bien con el bueno de Pancho. Se ponía muy nervioso con mis experimentos culinarios. Pero yo era incapaz de repetir dos veces el mismo plato. No podía evitar añadir, mezclar, probar... Hacer las enchiladas siempre de la misma forma me parecía inconcebible en aquella época de mi vida. Seguro que había un montón de sabores nuevos aún por descubrir, pero no entraban en cabeza alguna determinadas melanges. Yo estaba dispuesto a introducirme en aquella senda, a experimentar y a arriesgar con las recetas. Los resultados no siempre eran buenos. Algunas de aquellas novedosas probaturas resultaron un manjar exquisito. Otras, sin embargo, provocaron más de una queja por parte de los comensales. No me perturbaban demasiado aquellas protestas. Otro de los grandes tesoros que la Impro me estaba aportando por aquellos momentos era el derecho al fracaso. El riesgo y el fracaso van siempre de la mano. Y yo había optado por el riesgo. En todo. Cuando un cliente vomitó tras probar mi ceviche con frijoles, a Pancho se le acabó la paciencia. Fue una bonita experiencia la de trabajar por primera vez lejos de un escenario, y descubrir allí como no era tan importante como yo pensaba el aplauso del público.(.......) Progresivamente fui superando antiguos bloqueos. Comencé a divertirme cortejando muchachas. Yo nunca antes me había atrevido a acercarme a ninguna atractiva desconocida para intentar seducirla. Todas mis relaciones habían sido con mujeres que fueron primero conocidas, amigas o compañeras de trabajo antes de ser novias o amantes. No es que hubiera perdido mi timidez. Seguía dándome miedo acercarme y abrir conversación con las mujeres. Pero ese miedo que antes me retenía en mi sitio, me empujaba ahora a acercarme y a echarme a la alberca. Disfrutaba saboreando aquel canguelo. Cada vez, con cada mujer, lo intentaba de un modo diferente. Mis tácticas, mis temas de conversación, mi actitud.. variaban en cada conquista. No pocas veces conseguí mi propósito. Me relacioné con todo tipo de mujeres: rubias, morenas, gordas, flacas, simpáticas, serias, intelectuales, deportistas, analfabetas, jóvenes, maduras, nacionales, extranjeras... Quería probarlo todo. Cada una era un mundo por descubrir. Obviamente, el fracaso estuvo también muy presente. Y no me refiero solo a las negativas que obtuve, sino a lo grotesco y ridículo de muchas situaciones que se dieron entre las cuatro paredes de mi habitación y entre las sábanas de mi cama” Lucho me contó varios episodios íntimos realmente cómicos. Creo que nunca me he reído tanto como con sus andanzas amorosas y eróticas. El negarse a repetir absolutamente nada de lo que ya había probado con otra mujer, le empujaba a situaciones y “experimentos” absolutamente inverosímiles. Ya que no quiso dar detalle en su escrito sobre estas anécdotas, tampoco yo desvelaré más sobre el asunto.
“Y en éstas apareció Nadege. Hasta entonces yo había huido de las segundas citas. Pero Nadege era algo superior. Cuando se fue de mi casa la primera noche, casi sin darme yo cuenta, habíamos quedado ya en vernos el martes siguiente. Iría a escucharla tocar el saxo en una jam session en “Couvercle”. Me puso los pelos de punta. Sentí con certeza que estaba improvisando para mí, y que la música que salía de su boca estaba claramente inspirada en la divertida y maravillosa noche que habíamos pasado juntos unos días antes. (.......) Fueron 18 meses de auténtico amor improvisado. Nos gustaba sorprendernos. Jamás repetíamos dos veces el mismo plan o la misma postura al hacer el amor. Nos pasábamos noches improvisando juntos piezas inclasificables, ella con el saxo, yo con mi cuerpo y mi voz. A veces invitábamos a algunos amigos a presenciar aquellas creaciones. Recibimos de ellos muchos elogios. No había estructura ninguna en aquellos shows en el salón de casa. Todo cabía: poesía, monólogos cómicos o dramáticos, dúos musicales de saxo y ruidos, movimiento, danza, silencios.....Cualquier estímulo era bueno para lanzarnos a improvisar: el comentario al llegar de algún amigo, el sombrero de éste o los zapatos de aquella. Un día Marie Michaud trajo un enorme lienzo y material de pintura, y se sumó al juego. Desde entonces muchos se fueron integrando, compañeros actores del “Match de Improvisación”, músicos con todo tipo de instrumentos, bailarines, literatos y hasta creadores de ropa. Un día Marie se trajo a su tía Claire, una mujer mayor realmente divertida. La gran pasión de Claire era hacer ropa. Traía un maletín lleno de con ganchillos, hilos, lana, mallas, tablillas... y se ponía manos a la obra mientras nos observaba atentamente. Al final de la noche, nos enseñaba un diseño o una pequeña prenda que había hecho, inspirada en lo que había ido viendo y sintiendo. Hubo momentos de auténtica levitación artística, con un número considerable de creadores y de disciplinas al servicio de una sola, compleja y fascinante improvisación. Llegamos a juntarnos tantos que ya no cabíamos en casa. Entonces Jan Marc Lavergne ofreció un local bastante ruinoso que había sido de su abuelo y que estaba en desuso desde hacía años. Limpiamos, tiramos, construimos, pintamos... Así nació “Le Garage” un espacio bastante grande dedicado únicamente a la Improvisación. Jan Marc, Nadege y yo coordinábamos y programábamos. Durante diez años hicimos en el “Le Garage” más de catorce formatos distintos de espectáculo de Improvisación Teatral. (........) Un día Nadege se cansó de tanta novedad, y empezó a plantearse cosas del tipo casarse y tener hijos. Yo dije sí. Pero ella debió pensar (y creo que con razón) que yo no era la persona adecuada para ese tipo de proyectos. Se fue sin avisar, dejando una nota que decía así: “cualquier escena de despedida o de ruptura habría sido un “ya visto” (7). Hay cosas, como el decir adiós, cuyas posibilidades de realización son finitas. Así que mejor así. Chao”.
Paralelamente a estos y otros avatares, continuaba su participación en la L.N.I. “Fueron once temporadas y cuatro títulos. Voy a dejar la modestia a un lado, seré sincero: a la gente le gustaba verme jugar. Me convertí en un improvisador carismático, y no solo por mis interpretaciones. Creo que soy el jugador con más expulsiones en la historia del Match. Había árbitros realmente malos, muy graciosos y muy vistosos interpretando su papel de tipos duros, pero no sancionaban las faltas que entorpecían las improvisaciones, y eso me sacaba de mis casillas. Mis airadas protestas y mi mamonería se hicieron famosas, y fui expulsado en 13 partidos por “Mala Conducta”. Otra cosa que no podía soportar y por la cual me quejaba constantemente a los árbitros eran las repeticiones. No había más que ver jugar a algunos equipos tres o cuatro veces para darse cuenta de que repetían recursos efectistas que sabían que funcionaban muy bien con el público. No podía entenderlo. ¿Para que carajo hacía improvisación aquella gente?¡ Que prepararan y se repitieran todo lo que quisieran en otro tipo de shows y dejaran de enturbiar la Impro! Un día tuve una memorable trifulca con Robert Gravel, cuando en mitad de un monólogo que él estaba protagonizando, no me pude contener y grité desde mi banquillo “¡Eso es un “ya visto” como un desierto. Es ya la quinta vez que le veo hacer de naufrago agarrado a un madero!. Gravel me odió desde entonces. Hubiera deseado expulsarme de la Liga y tenía el poder para hacerlo. Pero en el fondo sabía que yo llevaba razón. Sospecho que la enemistad con Robert fue la causa de que nunca recibiera la copa al mejor jugador de la temporada.”


Estas son algunas de los momentos que creo que merece la pena que ocupen un lugar en esta publicación, aunque la obra entera no tiene desperdicio.

Cuándo regresé de México le escribí un par de cartas, pero no obtuve contestación. Me tentaba mucho contarle a mis compañeros mi experiencia con él y enseñarles la autobiografía, pero sentía que debía respetar su intimidad y sus deseos. Cuando me ofrecieron escribir para esta revista, lo primero que se me ocurrió fue hacerle una entrevista. Llamé al Helénico. Me quedé helado. Lucho había fallecido en un accidente de tráfico hacía tres meses. Por ti, Lucho, por tu memoria, sabiendo que voy en contra de tus ideas y convicciones, he querido escribir este artículo. Porque de lo que vale la pena, aunque en esencia sea fugaz y perecedero (como todo, en realidad), es necesario dar testimonio. Gracias Lucho.


NOTAS.

(1) El “Match de Improvisación” es un espectáculo teatral y deportivo creado en 1977 por los canadienses Yvonne Leduc y Robert Gravel, en el que compiten dos equipos de actores-improvisadores. Las reglas son precisas, y el tiempo cronometrado, como en cualquier juego deportivo. Un árbitro controla el buen desarrollo del juego y sanciona las faltas cometidas. El público va adjudicando con sus votos los puntos a uno u otro equipo en función de la calidad de las escenas improvisadas que estos crean en directo durante el espectáculo.

(2) En el espectáculo de Improvisación Teatral “Chup Suey”, se pide al público que escriba frases o palabras en un papel, que son utilizadas luego como títulos para las improvisaciones.

(3) Diminutivo de “Improvisación Teatral”, utilizado comúnmente por los improvisadores de habla hispana.

(4) La estética del “Match de Improvisación” está basada en el hockey sobre hielo. Por ello las improvisaciones se representan en el interior de un espacio acotado por paneles llamado “patinoire”

(5) La Liga Canadiense de Improvisación Teatral, que se creó a raíz de la invención del Match de Improvisación.

(6) En el “Match de Improvisación”, se entrega a cada persona del público un objeto que puede arrojar a la “patinoire” en el momento que quiera mostrar su desaprobación con algo de lo que está sucediendo en escena (decisiones del árbitro, baja calidad de una improvisación...). Oficialmente, estos objetos son zapatillas, aunque en la actualidad en diferentes sitios se utilizan otras cosas (peluches, cojines...)

(7) Se trata de una del faltas del “Match de Improvisación”, que el arbitro pita cuando un jugador se repite o utiliza tramas o argumentos claramente inspirados en otras obras ya existentes en el mundo de la ficción ( algo así como un plagio)

1 comentario:

Anónimo dijo...

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